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Cupones y abogados

Abogados y cupones

El libreto de la zarzuela de Tomás Bretón ‘La verbena de la Paloma’, estrenada en el lejano febrero de 1894, dejó para el catálogo de refranes del castellano aquel dicho: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. La frase que el libretista Ricardo de la Vega puso en boca del personaje de Don Sebastián ha superado con éxito el siglo de vida y llegada a su tercera centuria es posible oírla aún como expresión – entre irónica y sarcástica – de la velocidad con la que se mueven el conocimiento científico y la tecnología.

Hoy en día no deja de llamar la atención a los que estudiaron con el ‘plan antiguo’ o la EGB cómo el progreso material y la investigación han aumentado la esperanza de vida o cambiado la vida cotidiana, especialmente a partir de la extensión de Internet y el uso generalizado de ordenadores y teléfonos móviles, estos últimos cada vez menos teléfonos y más computadoras. Cualquier de ellos podría afirmar, sin temor equivocación, lo que mismo que Don Sebastián: “Hoy las ciencias…”.

Entre los hábitos que han mutado, y mucho, están también los de compra: de la venta al hipermercado, de la mercería a cualquier franquicia o del comercio del barrio al centro comercial del extrarradio… antes comprábamos todo por cercanía y ahora hemos hecho del centro comercial una referencia obligada. Y antes comprábamos ‘cara a cara’, luego pudimos hacerlo también por teléfono… y ahora casi podemos adquirir lo que sea a través de Internet.

Incluso, quién lo diría, podemos contratar los servicios de un abogado mediante un cupón de descuento que se ofrece en alguna de las páginas web que han popularizado este género de venta promocional. El cupón – que en sí mismo no es una herramienta perversa – implica un sensible descuento respecto del precio de venta habitual del bien o servicio ofertado y lleva aparejada la obligación de tasar expresamente qué está incluido en el precio. Y ésta, cuando hablamos de un servicio personalísimo como el de un letrado, no parece la mejor forma de casar las expectativas del cliente con el coste sobrevenido de cualquier gestión imprevista – o del alargamiento de las calculadas a priori – de su representante legal.

El coste de reputación y las implicaciones deontológicas merecerían, por lo demás, una reflexión añadida. Por más que la nuestra sea una profesión no ligada, ‘strictu sensu’, a honorarios mínimos, cabría recordar la necesaria sujeción a una cierta imagen en la que el intercambio de asesoramiento legal por cupones a precio fijo no muestra al abogado en el mejor de los espejos. So pena de que algunos árboles no nos permitan ver el conjunto del bosque.

 

Foto: 123rf

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