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Formación continua

La formación permanente del abogado

Los abogados deben tener una formación al mejor nivel. Sólo la formación permanente salvará a la profesión”. La frase fue citada en un tuit por Carlos Carnicer, presidente de la Abogacía Española, el pasado 16 de septiembre a cuenta del inicio del curso escolar 2015-2016. Y qué razón lleva, podemos añadir.

Puestos a tirar de frases que conecten el éxito profesional con el aprendizaje continuo encontraríamos miles de ejemplos en boca de personas que alguna vez hicieron bueno este principio: “Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede”, dijo el compositor británico Benjamin Britten (1913-1976), más conocido por su impagable ‘Guía de orquesta para jóvenes’ (1946), una obra didáctica en la que adentra al profano en las características de cada sección de una formación musical de este tipo.

La idea de Britten es universal y aplicable a cualquier campo de actividad o conocimiento y entronca perfectamente con lo apuntado por Carnicer, quien al hablar de formación permanente nos recuerda que nunca es suficiente el conocimiento de una materia, o la destreza en una habilidad profesional, como para poder sostener que con lo que sabemos de esto o aquello nos basta.

Y no tanto porque no sea válido para atender una necesidad referida a nuestro trabajo, como porque puede ser que quien recibe el fruto de nuestro desempeño —un cliente, el despacho, la empresa o la administración para la que trabajamos, en el caso del letrado— espere de nosotros ‘algo’ más. Ese plus, también llamado excelencia, que distingue a los malos de los regulares, a los regulares de los buenos y a los buenos de los mejores.

El aprendizaje continuado —el reciclaje en estos tiempos— no deja de ser, por lo demás, la expresión de una actitud proactiva en la vida. Receptora ante nuevas interpretaciones del derecho, favorable al debate y curiosa —cuando menos— para bucear en las características de esta o aquella herramienta informática, tratando de averiguar si realmente puede hacernos más competentes.

El abogado del siglo XXI no puede conformarse con el simple manejo de las materias asidas durante su carrera y uno o varios posgrados. Esta base y la aportación de su práctica laboral posterior pueden hacerle pensar que son suficiente soporte. Nada más lejos de la realidad, nunca estará de más el aprendizaje adicional: cursos, jornadas, sesiones prácticas —presenciales o virtuales— o la simple asistencia a una vista como espectador son recursos tan frecuentes como diversos. Elegir adecuadamente ‘casi’ es el único requisito que debemos valorar.

De ahí la idea expresada por Britten cuando contrapone movilidad a retroceso. Una corriente que fluye frente a un estanque con agua que acabará, inevitablemente, empozada y luego putrefacta. La predisposición a la formación, al cabo, sería la admisión de que siempre queda algo nuevo cuyo conocimiento, en el peor de los casos, nos servirá para apuntalar ciertas certezas fundamentales. Y en el mejor, para hacer frente al día siguiente con un extra de autoestima que ninguna otra clase de estímulo puede superar.

 

Foto: 123rf

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Barómetro

A cuenta del Barómetro Interno de la Abogacía

El VI Barómetro Interno de la Abogacía, presentado esta semana por el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, Carlos Carnicer, y el presidente de Metroscopia, José Juan Toharia, pone negro sobre blanco el estado de ánimo de nuestra profesión. Con la fiabilidad que da la muestra, y quien la realiza, y la perspectiva que otorga la posibilidad de comparar la foto respecto de otros años, la encuesta confirma percepciones que en cualquier corrillo de letrados se manifiestan repetidamente.

Así, el 85 por ciento de los consultados reconoce que la crisis ha provocado “serias dificultades económicas” en los despachos y que la Justicia padece “una crisis muy grave y profunda”. Mientras, una práctica unanimidad considera “muy elevada” la corrupción de la vida pública y nueve de cada diez cree que la Justicia gratuita debe financiarse exclusivamente con los Presupuestos Generales del Estado y no mediante tasas.

Descubre también el barómetro otras prácticas arraigadas entre nuestro colectivo, la más llamativa el uso generalizado (79%) del carné colegial con firma electrónica, un reconocimiento explícito de la importancia que da nuestro colectivo al uso de las herramientas ligadas al mundo digital.

No obstante puede que una de las más llamativas sea que un 68 por ciento de los abogados crea que el funcionamiento de la Justicia se realice al modo más conveniente para jueces y juristas, y no de acuerdo a un modelo que buscara lo más cercano y útil para el ciudadano.

Esta suerte de visión endogámica del oficio entronca con un modelo de gestión que aún conserva usos y costumbres demasiado antiguos —en el algún caso herencia intocada del siglo XIX— que, por más que ha sido denunciados, no ha desaparecido de la praxis diaria de este o aquel juzgado, confirmando que siquiera las recomendaciones más ponderadas para eliminarlos han dado fruto.

Es esa costumbre, tan de nuestra administración pública por otra parte, de no concebir el trabajo funcionarial o estatutario como un servicio en el que lo primero debería ser el interés del administrado —o el justiciable— y no la mejor conveniencia de quien está al otro lado de la ‘ventanilla’.

Sin ánimo de caer en una generalización que sería infundada, lo que late de este pulso de la abogacía tiene más de lamento por un escenario que se resiste —a veces de manera decidida— a transformarse al amparo de una sociedad que camina con otras maneras, que a señalar a identificar protagonistas concretos de la molicie. Y como quiera que destacadas voces de la Judicatura también han advertido sobre la imperiosa necesidad de renovar el funcionamiento de la oficina judicial y hasta el mismo acceso a la condición de juez, más se entiende nuestra posición y menos la resistencia al cambio.

 

Foto: 123rf

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Violencia de Género

Violencia de género: decíamos ayer…

A finales de este mes cumplirá una década de vida la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. El texto aprobado por las Cortes promovía medidas de sensibilización en distintos ámbitos públicos, protegía los derechos de los menores afectados este problema y, especialmente, garantizaba a las mujeres víctimas de esta lacra derechos hasta entonces no tasados o sólo reconocidos de facto.

Caben pocas dudas de que la ley ha dado una dimensión distinta a la toma de conciencia por la sociedad de este problema, como sirvió para desarrollar herramientas de prevención y – llegado el caso de una denuncia por acoso o agresión – de asistencia a las víctimas. Su aplicación puso fin a miles de casos de maltrato de palabra u obra y, con ello, evitó la muerte de mujeres en aquellos en los que el engranaje que diseñó el legislador funcionó con una cierta eficacia.

Por el camino, no obstante, se han quedado las vidas de casi 800 personas (tomado el dato entre enero de 2003 y hasta el 30 de septiembre pasado) y cada una de estas muertes – amén de una tragedia para familiares y amigos, como también cuando los hijos se convierten en víctimas mortales añadidas al fruto de la sinrazón – es un doloroso aldabonazo que nos recuerda que todo lo avanzado desde 2004 puede parecer poco mientras no se invierta de una vez la trayectoria de una serie estadística repetidamente empeñada en mantener el mismo sentido.

Tenemos en éste un problema de múltiples causas que, como otros de tanta complejidad, se escapa a la mera aplicación de una ley. Este de la violencia de un miembro de una pareja sobre la otra parte es un fenómeno en el que muchos factores se cruzan hasta moldear a una persona incapaz de aceptar otra ‘ley’ que no sea la que quiera imponer a través de la amenaza, la coacción, el chantaje emocional y, en último término, una violencia física condenada – si no se llega a tiempo – a quitar la vida. Resumida en aquella repugnante sentencia de otros tiempos: “La maté porque era mía”.

Pero tenemos también un problema de medios, como ha advertido esta misma semana el presidente de la Abogacía Española, Carlos Carnicer, en su intervención en la inauguración del V Congreso del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género. Carnicer ha devuelto al abogado al primer plano de la erradicación de la violencia de género apelando a que se incluya los letrados “de forma necesaria” para garantizar la asistencia legal y el conocimiento de sus derechos por parte de las mujeres que sufren maltrato.

Solamente de esta manera estaremos poniendo los niveles de protección necesarios con arreglo a las necesidades de las víctimas”, aseguró nuestro presidente, quien recordó que, pese a que las medidas actuales para luchar contra la violencia de género “no son suficientes” sí se ha conseguido, cuando menos, la implicación de más de 17 mil abogados que se han especializado voluntariamente en la atención específica a estos casos de violencia.

A la llamada de Carnicer conviene también unir la del fiscal general del Estado en el mismo foro. “En estos diez años, hemos aprendido a detectar las carencias y los fallos. No podemos permitirnos como sociedad que quien denuncia y confía, sea de nuevo víctima de la violencia”, dijo Eduardo Torres-Dulce para incidir en la necesaria “puesta en marcha de las Unidades de Valoración Forense integral, pues sólo una valoración ponderada de la víctima permitirá una protección suficiente y eficaz”.

Uno y otro, voces autorizadas de los estamentos a los que representan, vienen a simbolizar un deseo tan noble como necesario de dar nuevos pasos en el combate contra el mayor síntoma de desigualdad que puede haber en cualquier sociedad que se precie de tal. Recordó Carnicer en su discurso al clásico Baltasar Gracián: “Si no se sabe, no se vive”.

Y traemos nosotros otra cita, también recurrente, de un antecesor del gran literato aragonés, aunque lo hagamos ‘retorciendo’ el sentido para recordar que en esta cuestión no podemos caer, en modo alguno, en la complacencia. Sostuvo Fray Luis de León tras regresar a sus clases magistrales tras cinco años de prisión: “Decíamos ayer…”.

 

Foto: FutureImageBank

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